Pasión Paternal

Heinze, el triunfo de la razón


10 de julio de 2017

Joaquín Donati - @DonatiJoaquin

Un foráneo que llegó a un mundo que "se incendiaba" y propuso un paradigma absolutamente distinto e impensado. Con suprema fe en la razón humana y su capacidad, causó revolución, cumplió su sueño y le abrió los ojos a todos. El libertador Gabriel Heinze y su filosofía: ¿el puntapié de un ascenso más que clasificatorio?

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 A mediados del siglo XVIII surgió en Europa un movimiento cultural e intelectual que libró al planeta de más de mil años de superstición, ignorancia y dogmatismo. Esta corriente, la cual fue impulsada en el contexto y con las bases del Renacimiento (un siglo anterior), sostenía que la única manera de disipar las tinieblas de la humanidad era a través de las luces de la razón. Immanuel Kant, uno de sus máximos precursores, denominó a la Ilustración –el movimiento en cuestión- como “el abandono del hombre de una infancia mental de la que él mismo es culpable”.

Doscientos treinta y tres años después de la publicación del libro “¿Qué es la ilustración” (Kant – 1784), un hombre genera una revolución similar, pero todavía no en el planeta, aunque sí en mi mundo. Omitiendo las abismales diferencias de escala, influencia y trascendencia universal, así como también mi inmensa, desmesurada osadía, el movimiento que generó Gabriel Heinze me resulta comparable con el de la Ilustración.

Déjenme explicar el disparate. Supongamos que Argentinos es el mundo en el siglo XVIII y Heinze es la Ilustración personificada.

 Dentro de las características fundamentales de la Ilustración, se puede enumerar 1) el predominio de la razón, lo abstracto y la tradición, 2) el duro ataque al orden imperante de las cosas (manifestada mediante una “marcada tendencia a apartarse”) y 3) una marcada inquietud por aprender y por enseñar; por ensanchar los conocimientos; por hacer progresar las ciencias; por lograr el desarrollo de la cultura.

 Me resulta evidente la traza de vínculos y comparaciones con la ideología que Gabriel Heinze aplica en Argentinos Juniors, en su trabajo y en el fútbol argentino. Vamos por partes. En primer lugar, nada se deja al azar, lo que supone un predominio de la razón. El Gringo trabaja todo a conciencia, desde qué movimientos realizar para desarmar al rival hasta cómo pararse tácticamente en cada circunstancia. Su confianza en la capacidad humana es también una coincidencia con el paradigma racional. En un segundo punto, la rebeldía de Heinze es innegable. En un fútbol donde escasea la paciencia para bancar proyectos, los resultados lo son todo y los modos no importan, y con una organización bochornosa, él es la oveja negra. Pero, pese a su repudio, jamás lo combatió expresamente, sino que, al igual que los precursores de la Ilustración, decidió apartarse y crear él mismo su realidad ideal. Finalmente, la tercera y última, es la más notoria coincidencia. No hace falta hacer análisis tan profundos para notar que el técnico, y consecuentemente el plantel de Argentinos, tiene una “marcada inquietud por aprender y por enseñar; por ensanchar los conocimientos”. Con apenas 39 años, su carrera como director técnico recién empieza, y gracias a su hambre de conocimiento, trabaja arduamente día a día por mejorar. Ya ha tomado los conceptos básicos del bielsismo, pero aún le queda mucho por aprender. Cabe destacar, que desde su posición, siempre luchó por los salarios de los empleados del club, característica intrínseca de la Ilustración, que desembocó en el derribo de la monarquía (Revolución Francesa).

 Como bien remarcó Heinze ante la prensa, Argentinos antes de su llegada “se incendiaba”. El club hacia agua por todas partes; institucionalmente, financieramente y futbolísticamente. Cegados por dirigencias monárquicas, ideas retrógradas de juego y números en rojo, ni el más optimista hubiera soñado semejante cambio en un año, como también dudo que cualquier habitante medieval hubiera vivido y soñado con el giro histórico que dio la humanidad en tan poco tiempo. Llegó con ideas revolucionarias para el estándar del fútbol argentino. Tuvo el alocado atrevimiento de imaginar un equipo cuyo arquero no revoleara la mayoría de las pelotas jugando en la B Nacional. Cualquier “futbolero” se le hubiera reído en la cara, como se le hubieran reído a quienes pensaban que existían medicinas para curar. Contra todos estos prejuicios debió luchar Heinze, que transformó su sueño en una realidad que hoy todos alaban y elogian. Nos hizo mirar atrás, recordar la identidad de Argentinos, volver a cantar con orgullo y sentido “los Globertrotters de la Paternal”, como habrán hecho los filósofos de la Ilustración una mirada restrospectiva hacia Platón y la Grecia Antigua.

 Con el apoyo de una dirigencia que optó por él y aguantó su proceso de principio a fin, Gabriel Heinze revolucionó al mundo de Argentinos Juniors casi inefablemente (no sólo futbolístico; subió precios de jugadores, luchó por los salarios, utilizó a las inferiores, etcétera). Con un método estético y no obstante, lógico, trabajado desde la razón y perfeccionado desde la paciencia, desarrolló una mecánica vencedora. Como si se tratara de una ciencia, ajustó ciertos movimientos, prioridades y procedimientos y estableció un método, mediante el cual se busca el triunfo que, la mayoría de las veces se termina encontrando. Somete a sus rivales a su voluntad, en primer lugar, luego, los hace sucumbir.

 Esperemos que la Revolución Heinze nos abra los ojos, que, al igual que la Ilustración, nos haga creer que hay algo mejor, que ya no tenemos porqué tolerar planteos mediocres y azarosos, que se puede soñar y que el triunfo es siempre de quien sueña, trabaja y piensa a largo plazo. ¡Gracias por su fiolosofía, Gabriel!

 

FOTO: Estudio William Barbosa

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